#feminismo antiespecista. Ni oprimidas, ¡ni opresoras!

Ya ha pasado una semana desde que se celebró el 8M. Y aunque las grandes fechas pasen, el feminismo, como el veganismo, es una lucha del día a día; una carrera de fondo con mucho desgaste. Las pancartas se ondean una vez al año, pero los comportamientos machistas los sufrimos y combatimos a diario. Con la cita que compartíamos el viernes pasado en Vegapuntes, para celebrar el Día de la Mujer, creímos oportuno traer a Carol J. Adams (su obra La política sexual de la carne ha sido traducida al español y editada por Ochodoscuatro Ediciones; ver link aquí). La autora pronunció estas palabras en una entrevista que concedía a Nervy Girl en 2002 (puedes leerla en español aquí) y nos recordaba dos relaciones íntimas: la que une a la construcción de la masculinidad tradicional con el consumo de carne y la que vincula este consumo dietético-cultural con uno de tipo sexual-cultural:

Esta interrelación también ha sido recientemente explorada por Angélica Velasco, profesora de Ética y Filosofía Política en la Universidad de Valladolid, en su obra Ética animal: ¿una cuestión feminista? (ver ficha aquí). Ahora bien, si el machismo y el carnismo se destapan como dos caras de una misma moneda, siendo el consumo de carne un cimiento ideológico del patriarcado… el feminismo no puede sino ser antiespecista.

A raíz de esta pancarta que hicimos para el 8M, recibimos algunos mensajes que tildaban el planteamiento de «hermana, hazte vegana» de básicamente… una chorrada. (Por cierto, ¡femenino género no marcado!) Pero en la industria cárnica, láctea y de huevos las hembras son la pieza indispensable para el funcionamiento del engranaje: por un lado, son ellas quienes producen la «carne» (en términos no eufemísticos: cadáver de un animal obligado a nacer, generalmente por violación de su madre, torturado en vida y asesinado en su juventud) y, por otro, la «leche» (secreción mamaria de un mamífero para su cría) y los «huevos» (óvulos del útero de un ave). En resumen: la industria colapsa sin la participación forzosa de las hembras de especies no humanas.

«¡No mezcléis luchas!», nos dijeron también. Pero cuando las opresiones corretean de la mano, animándose unas a otras, «mezclar» es la única vía eficaz de contrarrestarlas.

Creemos que es indispensable aplicar un pensamiento interseccional a los discursos de liberación, que, nos parece, está generalmente integrado en América Latina y es aún embrionario en España. No podemos dejar de recordarlo: los cuerpos estamos atravesados por múltiples opresiones que se entrecruzan y convergen de manera única en cada unx de nosotrxs. No basta con ser feminista y rechazar revisarse actitudes tránsfobas (menos aún, abrazarlas); o ser veganx y dejarse sin deconstruir la LGBTIQ+fobia; o luchar por la diversidad sexual y mantener comportamientos (explícita o implícitamente) racistas. La lista es larga: capacitismo, ageism, clasismo… toda una serie de estigmas sancionados socialmente que limitan la libertad de otrxs.

Las opresiones no viven aisladas, ajenas unas a las otras: todas se yuxtaponen y superponen, conformando un tremendo mosaico ideológico donde mutuamente apoyarse, legitimarse, permitir la coexistencia y garantizar la perpetuación de privilegios de unxs pocxs. Todo ello, en base a criterios arbitrarios y crueles. El patriarcado vegano sería un oxímoron: ¿un sistema que cosifica a la mitad de su propia especie sería capaz de extender el reconocimiento al derecho a la vida y la no explotación de individuos de otra? La interrelación que conecta a todos los sistemas de control y abuso de los cuerpos obliga a que los movimientos de liberación se hermanen. La sororidad… la queremos interespecie.

No encontramos manera mejor de cerrar esta reflexión repasando algunas de las pancartas feministas antiespecistas de este 8M que más nos han emocionado. ¡La lucha sigue!